Cada pelo de nuestra piel está unido a un diminuto llamado músculo erector del pelo. Cuando ese músculo se contrae, tira del pelo hacia arriba y también levanta un poco la piel que lo rodea. Así aparecen los pequeños bultitos que llamamos “piel de gallina”.
La reacción forma parte del automático, el que controla muchas cosas sin que tengamos que pensarlas. El frío es uno de los estímulos más claros. En animales cubiertos de pelo, levantar el pelaje atrapa una capa de aire que ayuda a conservar . Los humanos tenemos mucho menos pelo corporal, así que ese efecto es pequeño.
También podemos tener piel de gallina al escuchar música, ver una escena emocionante, sentir miedo o experimentar una emoción muy intensa. La relación exacta entre emoción y piel de gallina todavía se investiga. No todas las personas reaccionan igual y no todas las sensaciones que describimos como “escalofríos” producen una elevación visible del pelo.
Ejemplo: piensa en un gato que eriza el pelo. En él, levantar el pelaje puede hacerlo parecer más grande y también modificar la capa de aire junto a la piel. Nosotros conservamos parte de ese antiguo sistema, aunque nuestro cuerpo ya no está cubierto por un pelaje espeso.
Además, investigaciones recientes muestran que los nervios y músculos que producen esta reacción están muy conectados con los folículos del pelo. En animales de laboratorio, esas conexiones también participan en señales relacionadas con el crecimiento del pelo.
Lo que sabemos con seguridad: el músculo, el pelo y el sistema nervioso trabajan juntos para producir la piel de gallina. Lo que sigue en estudio: por qué ciertas emociones la provocan en algunas personas y no en otras, y qué importancia tienen hoy todas sus funciones en humanos.
Por qué llegamos a esta respuesta: la de los músculos unidos a los folículos y su control por el sistema nervioso autónomo están bien establecidos. La relación con emociones también está documentada, pero su función exacta en humanos no está completamente resuelta.