Durante mucho tiempo se repitió que bostezamos porque nos falta . Esa explicación es atractiva, pero un experimento clásico en humanos encontró que respirar oxígeno puro, mezclas con más o hacer ejercicio suficiente para duplicar la respiratoria no modificó de forma significativa la frecuencia de los bostezos. Eso hace muy improbable que el bostezo tenga como función principal “meter más oxígeno”.

Lo que sí se observa con mucha consistencia es que el bostezo aparece cerca de cambios de estado: al despertar, antes de dormir, durante el aburrimiento, la fatiga o cuando disminuye la vigilancia. Una hipótesis propone que el bostezo ayuda a regular el nivel de activación del cerebro; otra sostiene que los movimientos y el flujo de aire asociados al bostezo colaboran con la regulación térmica. Esta última tiene resultados experimentales interesantes, pero no existe consenso en que sea la función universal del bostezo.

Además está el bostezo contagioso. Ver, escuchar o incluso leer sobre alguien bostezando puede provocar uno. Se han encontrado respuestas cerebrales relacionadas con señales sociales, pero tampoco es correcto reducir el fenómeno a “bostezamos por empatía”. La facilidad para verse afectado al contagio varía mucho entre personas y especies.

Un ejemplo: piensa en el bostezo como una que suele aparecer cuando el cerebro cambia de “modo de funcionamiento”, no como un botón con una sola tarea. Puede acompañar el paso de sueño a vigilia, de a cansancio o incluso sincronizar estados dentro de un grupo.

Por qué llegamos a esta respuesta: preferimos decir “no lo sabemos por completo” antes que escoger una hipótesis y presentarla como certeza. Las revisiones científicas coinciden en que el bostezo es real, antiguo y muy extendido, pero discrepan sobre su función principal. Esa discrepancia es parte de la respuesta, no un problema que debamos ocultar.