Durante mucho tiempo se enseñó que los dedos se arrugaban porque la capa exterior de la piel absorbía agua y se hinchaba. Hoy sabemos que esa explicación está incompleta.

Una importante es que las arrugas dependen del funcionamiento de nervios que controlan los vasos sanguíneos. Cuando los dedos permanecen en agua, el autónomo —el que regula muchas funciones sin que lo pensemos— provoca que pequeños vasos de las puntas de los dedos se estrechen. Al reducirse ligeramente el volumen del que hay debajo, la superficie de la piel forma pliegues.

Por eso las arrugas aparecen sobre todo en dedos, palmas y plantas de los pies, zonas con una piel especial y muchas glándulas de sudor.

¿Para qué sirve? Aquí la respuesta es menos segura. Un estudio encontró que los dedos arrugados permitían manipular objetos mojados con más rapidez y propuso que las arrugas podrían funcionar como pequeños canales que ayudan al agarre. Sin embargo, otro experimento no encontró esa mejora. Por eso no sería correcto decir que sabemos con certeza que “los dedos se arrugan para agarrar mejor”.

Ejemplo: puedes imaginar la diferencia entre una superficie lisa y una superficie con pequeñas ranuras. Las ranuras podrían ayudar a mover agua fuera de la zona de contacto, como el dibujo de una llanta. Es una buena hipótesis, pero todavía se investiga cuánto ayuda realmente en las manos humanas.

Las arrugas también han sido usadas por médicos como una forma sencilla de observar si ciertos nervios autónomos funcionan correctamente.

Por qué llegamos a esta respuesta: hay buena evidencia de que el es nervioso y vascular. En cambio, la función evolutiva exacta sigue abierta porque los estudios sobre ventaja de agarre no han dado todos el mismo resultado.