Un estornudo es un de protección. Eso significa que ocurre de forma automática, sin que tengamos que decidir hacerlo. Todo empieza cuando algo irrita el interior de la nariz: puede ser polvo, polen, humo, una infección, un cambio brusco de o, en algunas personas, incluso una luz muy brillante.
La parte interna de la nariz tiene terminaciones nerviosas que detectan esas señales. Cuando se activan, mandan un mensaje al cerebro. El cerebro coordina una respuesta rápida: tomamos aire, varios músculos del pecho y la garganta se preparan, aumenta la y finalmente el aire sale con fuerza por la nariz y la boca.
La idea sencilla es que el cuerpo intenta limpiar una zona sensible por donde entra el aire que respiramos. Sin embargo, un estornudo no es una “limpieza perfecta”. No elimina todo lo que irrita la nariz y, además, puede lanzar pequeñas gotas al ambiente. Por eso cubrirse con el codo o con un pañuelo ayuda a reducir la de esas gotas.
Ejemplo: imagina que entra una pequeña mota de polvo en tu nariz. Tú quizá apenas la notas, pero las células nerviosas de esa zona detectan el cambio. En pocos segundos aparece una sensación de cosquilleo y el cuerpo prepara el estornudo.
Hay detalles interesantes. Algunas personas estornudan al mirar una luz muy intensa. Ese fenómeno se conoce como reflejo fótico del estornudo y parece relacionarse con la forma en que ciertas señales nerviosas se cruzan o se activan cerca unas de otras.
Lo importante: estornudar suele ser una reacción normal y útil. La ciencia conoce bastante bien el reflejo general, aunque todavía se estudian los circuitos exactos del que controlan cada parte del estornudo.
Por qué llegamos a esta respuesta: las revisiones médicas describen el estornudo como un reflejo protector iniciado por señales sensoriales de la nariz y coordinado por circuitos nerviosos. Algunos detalles de esos circuitos siguen estudiándose, por eso distinguimos el general bien establecido de las preguntas todavía abiertas.