La sangre procedente del intestino pasa primero por el hígado, que procesa y reparte muchos nutrientes. Puede almacenar glucosa como glucógeno, fabricar proteínas del plasma, transformar grasas y aminoácidos y producir bilis para la digestión. También modifica medicamentos y sustancias potencialmente dañinas para que el cuerpo pueda utilizarlas o eliminarlas; esto no equivale a un simple «» ni a una limpieza milagrosa. Convierte amoníaco tóxico en urea, que después excretan los riñones. Además guarda hierro y algunas vitaminas y participa en defensas. Sus funciones están conectadas: una misma reacción puede mantener combustible disponible, fabricar materiales o preparar residuos para su eliminación.