La cara mojada se enfría y contrae con rapidez mientras el resto del vidrio permanece caliente y expandido. Como el material es rígido y conduce lentamente, surge una diferencia de tensión. Si supera la resistencia, una grieta parte de un defecto y corre por la bombilla. Vidrio más delgado o borosilicato tolera mejor ciertos choques térmicos; daños previos lo empeoran. El agua no tiene que estar helada: basta un contraste grande. Además, una bombilla conectada implica riesgo eléctrico, por lo que el problema no es solo mecánico.