Mientras comemos, el estómago se distiende y sensores de su pared envían señales por nervios como el vago. Cuando los nutrientes llegan al intestino, células especializadas liberan hormonas —entre ellas CCK, GLP-1 y PYY— que informan al cerebro y ayudan a frenar la ingesta y el vaciamiento gástrico. La insulina y otras señales metabólicas también participan. Como esta comunicación tarda, comer muy rápido puede permitir ingerir más antes de notar plenitud. El cerebro combina esas entradas con sabor, tamaño de la porción, costumbre y expectativas. Sentirse lleno, estar saciado durante horas y tener suficiente son fenómenos relacionados, pero no idénticos.