Una cara ofrece un patrón visual rico y familiar, mientras un nombre propio suele ser una etiqueta arbitraria con poco significado. Ver el rostro puede activar sensación de familiaridad y sobre la persona sin recuperar la palabra exacta. Esa desconexión produce el estado «en la punta de la lengua»: sabemos que conocemos el nombre y quizá recordamos su inicial, pero no accedemos a él. Nombres similares compiten y el estrés dificulta la búsqueda. Añadir asociaciones —profesión, rima, imagen— crea más rutas. No demuestra que una zona de nombres esté dañada; es una vulnerabilidad normal de recuperación.