Muchos elementos del esqueleto infantil empiezan como varias piezas de hueso y separadas por zonas de crecimiento. Con el desarrollo, esas piezas se osifican y se fusionan. El sacro, por ejemplo, termina formado por vértebras unidas, y los huesos de la pelvis se integran alrededor de cada cadera. En el cráneo, suturas y fontanelas permiten crecimiento y después algunas uniones se cierran. La cifra popular de unos 300 huesos al nacer frente a 206 en el adulto es aproximada: depende de qué cartílagos, centros de osificación y huesecillos variables se cuenten. No desaparecen decenas de huesos; varios se convierten en una sola estructura.