Cuando un olor permanece constante, las neuronas sensoriales y los circuitos cerebrales reducen poco a poco su respuesta. Esa adaptación libera para cambios nuevos, que suelen ser más importantes que una señal estable. El olor no ha desaparecido del aire: una persona que acaba de entrar puede notarlo de inmediato. La reducción ocurre en varios niveles, desde los receptores hasta áreas que deciden qué merece atención, y no es igual para todos los compuestos. Un olor intenso o irritante puede seguir percibiéndose porque también activa nervios que detectan dolor o irritación. Salir un rato y regresar suele hacer que el patrón vuelva a destacar.