La visión debe inferir tamaño, profundidad, luz y movimiento a partir de una imagen retinal ambigua. Usa reglas que normalmente aciertan: líneas convergentes sugieren distancia, sombras sugieren forma y contexto ajusta brillo. Una ilusión coloca esas pistas en conflicto o en un diseño poco habitual, de modo que la inferencia automática vence al conocimiento verbal. Saber la medida correcta no cambia las primeras etapas que construyen la apariencia. Algunas ilusiones disminuyen al medir o cambiar perspectiva; otras persisten. No revelan que los ojos «fallen», sino las suposiciones eficientes con que el cerebro interpreta el mundo.