La inmovilidad defensiva aparece cuando el cerebro evalúa que huir o luchar no es posible o conviene no ser detectado. Circuitos de amígdala, gris periacueductal y sistema autónomo ajustan músculos, respiración, pulso y atención. Puede durar segundos y facilitar recoger información, o convertirse en una respuesta tónica bajo amenaza extrema. No es una elección cobarde ni prueba de debilidad. Las categorías «lucha, huida o congelamiento» simplifican una familia de respuestas que cambian durante el evento. Experiencia, distancia y posibilidad de escape influyen en cuál domina.