Una cámara necesita luz. La dirige la luz de la escena hacia un sensor electrónico situado dentro del aparato.

El contiene millones de pequeñas zonas sensibles llamadas píxeles o fotositos. Cuando les llega luz, producen señales eléctricas relacionadas con la cantidad de luz recibida. La electrónica mide esas señales y las convierte en números.

Pero una fotografía en color necesita algo más. Muchos sensores usan pequeños filtros rojos, verdes y azules distribuidos sobre los fotositos. Cada punto mide principalmente una parte del color y el combina información de puntos vecinos para calcular el color de cada final.

Ejemplo: imagina un enorme mosaico de millones de vasitos que recogen distintas cantidades de lluvia. Si pudieras medir cuánto recibió cada uno, construirías un mapa de la lluvia. Un sensor hace algo parecido con luz, aunque en lugar de vasitos usa elementos microscópicos.

La lente debe enfocar para que la luz de cada punto de la escena llegue a la zona adecuada del sensor. El controla cuánta luz entra y el electrónico o mecánico controla durante cuánto tiempo se registra.

Después el procesador puede ajustar color, contraste, reducción de ruido y otros detalles. Si guardas un archivo JPEG, además comprime la información para ocupar menos espacio. Un archivo RAW conserva más originales del sensor.

Los teléfonos añaden todavía más procesamiento y a veces combinan varias fotos tomadas casi al mismo tiempo para mejorar sombras, luces o nitidez.

Por qué llegamos a esta respuesta: todas las cámaras digitales comparten el principio de convertir fotones en señales eléctricas y luego en números. Los detalles cambian entre sensores y cámaras, pero lente, sensor y procesamiento forman la cadena básica.