Los nociceptores convierten estímulos potencialmente dañinos — intenso, presión o sustancias químicas— en impulsos eléctricos. Fibras rápidas transmiten un dolor agudo y bien localizado; otras más lentas contribuyen al ardor o molestia persistente. En la médula, la señal puede activar un reflejo de retirada antes de que seamos conscientes. Al ascender, llega a redes cerebrales que identifican ubicación, intensidad, emoción y significado. El cerebro también envía señales descendentes que reducen o amplifican la transmisión. Por eso el dolor no reside en un «centro» único ni equivale exactamente a la lesión: es una experiencia protectora construida a partir de señales corporales, contexto y aprendizaje.