El flujo de saliva arrastra restos y diluye los ácidos que producen las bacterias. Su bicarbonato ayuda a elevar el después de comer, y sus reservas de calcio y fosfato permiten remineralizar zonas microscópicas del esmalte antes de que se conviertan en cavidades. Proteínas forman una película protectora sobre el diente y varias moléculas limitan ciertos microbios. Al masticar aumenta el flujo, por eso la protección cambia a lo largo del día y disminuye mucho durante el sueño. La saliva no sustituye el cepillado ni vuelve invulnerable el esmalte; si hay poca producción o exposiciones frecuentes a azúcar y ácido, el equilibrio puede inclinarse hacia la desmineralización.